El Payaso Richard
- 29 may
- 4 min de lectura

1.
Sabrina es bastante imbécil; escuchó por ahí que darle el teléfono a los niños para que no molesten es perjudicial para su desarrollo —lo cual es cierto—, pero sienta al pequeño Tobías todo el día frente a la televisión.
El programa favorito de Tobías es El Payaso Richard.
—¡Hola, mis chiquititos! —El payaso se acerca a la cámara y pregunta con ojos tiernos—: ¿Están preparados para jugar?
—¡Siii! —grita Tobías y salta con las manos en alto.
Empieza la canción de Richard:
Hoy es un día muy especial
porque vamos a disfrutar...
—¡No saltes en el sillón, Tobi! —ordena la madre desde la cocina, sin levantar los ojos de su pequeña pantalla, del teléfono que ella sí usa indiscriminadamente.
Tobías se sienta y se pregunta por qué está mal divertirse.
En la tv, el Payaso Richard corre de acá para allá, agitando los brazos, por un jardín infinito y colorido.
Saltar, saltar, saltar como una rana.
Saltar como los monos,
de rama en rama en rama...
Tobías se da vuelta en el sillón y queda con la cabeza colgando hacia abajo. Se ríe, porque le da gracia ver todo al revés. En la cocina, Sabrina empuña una taza humeante con una mano y scrollea en su teléfono con la otra.
El Payaso Richard se acerca brincando hasta la cámara y dice:
—Ya saltamos, ya bailamos, ya cantamos... ¿Y ahora qué hacemos, chiquititos?
Y un coro de chiquititos que no se ve pero se escucha grita:
—¡Vamos a jugar!
Tobías alienta:
—¡Sí, a jugar! ¡A jugar!
Y se revuelca en el sillón.
El Payaso Richard entra a un laboratorio donde lo recibe un "científico loco" y se ponen a hacer experimentos con líquidos fluorescentes y ratoncitos de plástico.
Los capítulos del Payaso Richard duran media hora, y cada uno termina con el payaso acercándose a la cámara para decir con voz tierna:
—Los quiero mucho, mis chiquititos.
Tobías, al final de cada capítulo, se baja del sillón en silencio —sabe que bajarse del sillón está mal— y abraza la televisión.
2.
Hoy es un día muy especial
porque vamos a disfrutar...
Canta el Payaso Richard, y Tobías aplaude. Sabrina le trae un vaso de leche con cacao y galletitas Sonrisas. Las deja en la mesa ratona, entre el sillón y la tv. Es el único momento en el que Tobías tiene permitido, oficialmente, bajar del sillón y sentarse en el suelo. A Tobías le disgusta que la leche esté tibia; le gusta fría, le gusta caliente, pero tibia es horrible. Las galletitas están bien.
Nado, nado, como un pececito
Río arriba, despacito...
Tobías debería estar revolcándose en el suelo como un pez fuera del agua, pero mejor no hacer enojar a mamá.
3.
Hoy es un día muy especial
porque vamos a disfrutar...
Tobías desayuna su vaso de leche. Sabrina olvidó traerle galletitas; Tobías espera que venga a retarlo por algo para decirle que tiene hambre. Entonces da vueltas alrededor de la mesa ratona haciendo ruido con las sillas, pero nada. Se pregunta si mamá no estará en el baño. Se asoma y la ve en la cocina, apoyada contra la mesada, escribiendo en el teléfono. Antes de ser detectado, Tobías corre al sillón y empieza a saltar sobre él. Canta a los gritos con el Payaso Richard:
—Araño, araño, como la araña. ¡Nooo! ¡La araña no araña, Richard!
Richard se agarra la cabeza y dice:
—¡Tienen razón, mis chiquititos!
Y canta:
Araño, araño, como el gato...
Tobías agarra el control de la tv para subirle el volumen, algo que aprendió hace poco, y sigue saltando mientras las barritas van creciendo en la pantalla. Agita el control con fuerza, como si con eso el volumen subiera más rápido, pero se le safa de la mano y sale despedido hacia el centro del televisor.
Tobías, petrificado, ve cómo el proyectil va directo a la cara sonriente del Payaso Richard.
Es un golpe seco. Clack, apenas se escucha. Lo que suena más es el silencio repentino, que extrae a Sabrina de su teléfono y la empuja al living.
Tobías de piedra sobre el sillón.
La tv llena de líneas negras parpadeantes entre manchones de estática.
—¡Noo! ¡Noo! —grita Tobías y baja del sillón.
—¿Qué hiciste Tobías? ¿Qué hiciste?
—¡Noo! —gime Tobías y corre hacia la tv para abrazarla—. ¿Qué hice?
Las lágrimas le saltan de los ojos.
—¡Rompiste la tele, Tobías! —Sabrina lo agarra de los hombros y lo sacude—: ¿Sabés lo que cuesta una televisión? ¿Sabés lo que cuesta?
—¡Ahhh!
Los manchones de estática en la pantalla se oscurecen de a poco hasta desaparecer.
Tobías cae derrotado frente a la pantalla negra:
—¡Lo maté! ¡Maté al Payaso Richard!
Sabrina se extraña:
—Tobi, vos no mataste al Payaso Richard. Rompiste la televisión, nada más.
—Fui yo, mamá. Se me escapó el control remoto y le pegué en la cabeza.
Hablaba entrecortado, llorando al final de cada oración.
—Tobías, el Payaso Richard no estaba ahí —Sabrina le señala la televisión, riéndose de la inocencia de su hijo—. Eso es solamente un aparato, el Payaso Richard está en otra parte.
—¡Noo! ¡Eso es una mentira que decís para que no me ponga triste!
4.
Cuando murió el abuelo de Tobías, unos cuantos meses atrás, Sabrina se encargó de explicarle lo que había pasado, cómo había pasado, y lo que significaba estar muerto. Fue un día en el que Tobías salió del jardín. Sabrina, en lugar de ir directo al departamento, agarró la calle de la plaza. Tobías presentía que algo había pasado porque su mamá actuaba diferente.
Sabrina le preguntó a Tobías si sabía lo que era el corazón. Tobías sabía poco, así que le explicó que era un motorcito que tenemos todos adentro del pecho, y que al abuelo René ya se lo habían arreglado varias veces, pero ahora había dejado de funcionar para siempre y el abuelito René estaba muerto. No iba a volver a verlo nunca más, pero podía recordarlo.
Tobías no sabía si tenía que llorar o no. Varios días después, cuando pidió ir a la casa del abuelo René a comer y Sabrina le explicó que el abuelo René estaba en el cementerio, Tobías insistió en que igual habría que llevarle comida. Sabrina le dijo que el abuelo ya no comía, no sentía hambre ni nada, porque no existía más. Tobías más o menos entendió lo que era la muerte y rompió a llorar.
Pero ni siquiera entonces lloró tanto como ahora, frente a la pantalla oscura: era triste que su abuelo René hubiese muerto, pero mucho más desesperante era haber matado al Payaso Richard.



Comentarios