Sincronicidad
- 29 jul
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1.
La gerente iba a tener una reunión y se había quedado sin granos de café para la máquina. Como yo pasaba por ahí, me pidió ayuda con eso. Soy supervisor, así que podría haberle dicho a cualquiera que cruzara al supermercado de enfrente, pero sentí ganas de salir de la oficina un rato. En esta breve excursión empezó todo.
De brazos cruzados frente a la góndola de café, dudando entre una marca y otra, se me dio por mirar a un costado y entonces vi a una mujer que enseguida me resultó conocida. Tenía unos sesenta años, el pelo gris y una forma particular de caminar, empujando el aire con los hombros, como un boxeador entrando al estadio. Pasó junto a mí llevando una sola cosa: una botella extraña, con forma de medialuna, de algún licor amarronado. No pude evitar sonreír cuando recordé de dónde conocía a esa mujer.
Mi primer trabajo, allá por el dos mil cinco, fue en un laboratorio fotográfico de Recoleta. Dieciocho añitos de edad tenía entonces. Recién salían las cámaras de fotografía digital, la gente sacaba mil fotos y después venía a elegirlas. Había que mostrárselas en el monitor de la computadora y el cliente iba diciendo: "Esta no, esta sí, esta no...". Esa mujer de pelo gris era una clienta habitual. Le decíamos la loca de la Luna, porque siempre traía fotos de la Luna, pero su cámara era muy mala: solo se veía un punto blanco y desenfocado en un fondo negro, celeste o plomizo.
Nunca la había vuelto a ver —pasaron más de veinte años—, y no esperaba hacerlo hoy, en un supermercado de Mendoza.
2.
Yo soy un tipo muy creyente. Creo mucho en Dios, aunque a mi manera. No creo en iglesias ni en dogmas... Creo que Dios existe y que cada uno se conecta con él por diferentes caminos. Algunos a través de la religión, algunos a través de la ciencia, algunos sin darse cuenta. Es mi forma de pensar. Conmigo se manifiesta a través de sincronicidades: siempre las tuve, y un día descubrí que el psicólogo Jung les había puesto nombre. Esto de que sucedan casualidades que son tan improbables que deben encerrar un significado. Por ejemplo, el otro día bajaba con mi hija Soledad en el ascensor de un shopping. Ella iba examinando la blusa que se había comprado y yo me distraje mirando un par de rayoncitos que tenía el botón del piso tres. Mi mente saltó del número tres a los Tres Chiflados. De ahí recordé la película llamada El profesor chiflado, y me di cuenta de que la estaba confundiendo con El profesor hippie, de Sandrini. Entonces Soledad rompió el silencio para decir:
—Ayer tuvimos al profesor nuevo de Filosofía, todos dicen que se parece al de una película, El profesor hippie, ¿la conocés? Dicen que es re vieja.
Jung llamó a esto sincronicidad y dijo que son guiños del cosmos. Yo siempre pensé que eran guiños de Dios, que eran su forma de decirme: "Acá estoy, no pienses que todo es un caos sin sentido".
Pero desde hoy, el significado de las sincronicidades cambió dramáticamente: nunca fueron guiños de Dios; son amenazas de Dios.
3.
En el laboratorio fotográfico tenía dos compañeros: El Gordo y Guille. Guille tenía veinte, un par de años más que yo, y El Gordo más de treinta. Lejos de ser el más maduro, era el más payaso. Los dueños del local eran unos hermanos taiwaneses. Él era un viejo flaco y encorvado que no hablaba español. Nos podíamos entender con la mujer, Chu, de mirada pícara y dientes grandes. Sonreía mucho, incluso cuando se enojaba, y eso era muy seguido; no era fácil lidiar con tres boludones como nosotros. El Gordo tenía la manía de burlarse de los clientes y nosotros le festejábamos los chistes. Hablaba gangoso, se hacía el rengo, se hacía el sordo, hasta se hizo el ciego alguna vez. Todo para molestar a los clientes pesados que pasaban horas eligiendo fotos... ¿Por qué no las traían elegidas desde su casa? Era nuestro eterno reproche. Lo más cómodo era cuando venían con una memoria llena y solo pedían que la volcáramos a un DVD. Entre estas personas, solía venir el portero de un edificio de la calle Austria. Entraba con la memoria SD en la mano y pedía:
—Quiero pasar esto a un DVD.
Lo que yo hacía era colocar su SD en un lector, volcar el contenido a la PC y, de ahí, pasarlas al DVD. El proceso tardaba en total unos diez minutos. Le daba al tipo la SD vacía y el DVD con todo su contenido. Le cobraba y se iba. Al día siguiente, al iniciar la PC, la carpeta con el contenido de su SD se borraba.
Algunos clientes se perseguían un poco. Veían a tres imbéciles y pensarían que nos íbamos a pasar horas mirando las fotografías que dejaban. La verdad es que cuando empecé a trabajar sí miraba las fotos y hacía algún comentario. Pero la curiosidad se acaba en una o dos semanas. Después de mil o dos mil fotos, todas empiezan a ser iguales y las bromas pierden la gracia. Por eso jamás nos poníamos a mirar el contenido de las memorias que pasábamos a DVDs. Tal vez Guille, que era bastante enamoradizo —por decirlo de alguna forma—, algunas veces husmeaba las fotos de alguna de las clientas que le gustaba.
Este portero de la calle Austria ya había venido un par de veces. Petiso, morocho, rulos, camisa y pantalón de trabajo beige. Ese día lo atendí yo. Él estaba de pie junto a mí y me dijo, en tono débilmente imperativo:
—Borrá la carpeta de ahí después de pasarla al DVD.
Recién entonces lo miré. Recién entonces me detuve en su existencia individual. Porque pasa como con las fotos: después de atender muchos clientes, son todos iguales. Están, claro, los frecuentes, los que por algún motivo uno recuerda. Como el fotógrafo profesional que nos regalaba bombones de fruta, o la actriz famosa, o la loca de la Luna. Pero después, son todos iguales. Este tipo era uno de los todos iguales hasta que me dijo eso. No porque fuera el primero en decirlo. Más de uno había preguntado:
—¿Qué hacen ustedes con esa carpeta?
—Las carpetas se borran al reiniciar la PC.
Fin del asunto.
Pero la forma en la que lo dijo fue tan llamativa...
En cuanto se terminó de grabar el DVD, hice click derecho en la carpeta: eliminar. Click.
—Listo —le dije y le cobré el trabajo.
El tipo se fue satisfecho. Apenas cruzó el umbral de la entrada, fui a la papelera de reciclaje: restaurar archivo.
Cuando abrí la carpeta, entendí por qué le interesaba tanto que no viéramos lo que tenía.
4.
El Gordo, Guille y yo estábamos frente al monitor. Yo en el medio, con el mouse, deslizando y clickeando sobre las fotografías.
—¿Qué hacemos con esto? —pregunté.
Era sábado al mediodía, la china —eran taiwaneses pero igual les decíamos chinos— se había ido a comprar mercadería y el chino se preparaba la comida en la cocinita del fondo, llenando el local con olor a levadura o alguna de esas cosas horribles que comen ellos.
El Gordo se encogió de hombros.
—No se puede hacer nada.
Las fotografías eran de mujeres que entraban a su edificio. Parece que el tipo apoyaba la cámara en alguna parte del recibidor y la iba girando para sacarles foto de frente, perfil y espalda. Hasta ahí, hubiera sido un baboso más. Cada tanto venía algún baboso enfermo. Había uno que le sacaba fotos a los afiches de lencería. Le decíamos Araceli González, porque la mayoría de las fotos que tomaba eran de ella. Pero la cosa se puso muy oscura cuando, entre esas mujeres, había fotos de unas chiquitas de colegio. Una no tendría más de ocho o nueve años, y la otra, trece o catorce. Tenían uniforme verde, pollera cuadrillé.
—Hay que hacer algo con esto —insistí.
—Legalmente no se puede hacer nada —dijo El Gordo, que era el más adulto y, a veces, hablaba como tal.
Guille, siempre tomándose todo en joda, comentó:
—Lo que hacemos acá tiene rango de secreto profesional, como la confesión con un cura.
El Gordo soltó una risa nerviosa y lo codeó. Se alejaron y me dejaron ahí, solo frente al monitor, con la fotografía a pantalla completa de dos pequeñas escolares esperando subir al ascensor.
Click en la crucesita roja para cerrar la imagen, click en la crucesita roja para cerrar la carpeta. Y les insistí:
—Tenemos que ir a su edificio, hablar con alguien.
Sabíamos que era portero por cómo vestía y por las fotos que traía. Sabíamos que su edificio estaba en la calle Austria porque llegaba a verse en las fotografías la dirección impresa en el vidrio de la puerta.
Entró algún cliente y Guille lo atendió. El Gordo, poniéndose a ensobrar fotos, me dijo:
—Mirá, si vas al edificio y hablás con alguien, al tipo lo van a rajar a la mierda y después te va a venir a buscar a vos. No te metás en un quilombo.
Recuerdo la indignación que sentí cuando se refería solo a mí. Solo yo iba a ir, solo yo iba a tener quilombo.
—Pero a este tipo hay que matarlo a trompadas.
El Gordo, serio como pocas veces, como las pocas veces que se ponía serio para mostrar que era el maduro de los tres, suspendió sus palmas sobre el mostrador pidiéndome calma:
—Tranquilo, porque estas cosas terminan mal. Si el tipo es un desequilibrado y le pateás el nido, después viene y nos mata a todos.
Acá el punto.
Acá está ese quiebre en el que toda la responsabilidad que yo sentía y me empujaba a hacer algo se desvaneció con las palabras de El Gordo: “Después viene y nos mata a todos”. Si yo hacía algo, ponía en peligro a mis compañeros. Era mejor no hacer nada.
Esa envenenada sensación de alivio.
Porque no hice nada. Dios sabe que no hice nada.
5.
Hoy, cuando la loca de la Luna en el supermercado me recordó mi primer trabajo, pensé en las bromas del Gordo, las risotadas de Guille, las rabietas de la china... Pero no en el portero de la calle Austria. No pensé en él mientras volvía a la oficina ni mientras me sentaba acá, en mi escritorio y abría mi notebook. Pero entonces entré al portal de noticias, como es mi costumbre apenas me siento, y vi la noticia. En un margen, abajo a la derecha, junto a la publicidad emergente de una botella de licor con forma de medialuna, vi su cara. Ojos negros, rulos grises. “Portero de Recoleta violó y asesinó a una nena de su edificio”.
Sincronicidad.



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