Día 37 desde el primer síntoma

Ya no puedo pestañear. Las costras que ayer me picaban a los lados del cuello están más duras y gruesas. El intento de frenar el proceso de unión entre mis dedos con las tiras de cuero fracasó, debí quitármelas porque el dolor era insoportable. Hoy a la mañana quise llorar de nuevo, pero fue inútil: toda la angustia queda encajonada en mi pecho. Cada vez crece más mi sensación de asfixia. Cuando miro en el espejo, no me encuentro; apenas puedo adivinarme arañando las pupilas negras desde la profundidad más lejana y solitaria. Veo mis manos, y son de otro.
No pude evitar insistirle a mis padres que me dejaran salir. Esta vez les dije que solo sentía infinitos deseos de abrazarlos. Lloraban tanto... pero yo no podía detenerme. Mi ansiedad por ir al mar domina mi espíritu. Como sé que la manguera por la que me dan agua llega al baño, pasé un buen rato hablando por ella con la esperanza de que Martincito estuviera ahí y lograra escucharme. «Papá y mamá son malos, Martincito. Me tienen encerrado solo para hacerme sufrir. Estoy sufriendo mucho, Martincito. Conseguí las llaves y ponelas en el agujero para la comida». Sigo sin acceso a internet. Mi padre me dijo que se investiga una cura para la peste y negó que pudiera morirme si no voy al mar pronto. No sé cuánto más voy a poder resistir. La muerte empieza a parecerme un consuelo.



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