top of page

La perilla

27 ago
3 min de lectura

Primero pensé que los adultos veían cosas que nosotros, los niños, no podemos ver.

—Mirá, enano —me dijo papá el otro día mientras limpiaba el garaje—, esta perilla era de la radio de mi abuelo.

Me mostró una cosa de plástico, redonda y negra. Él la miraba como si proyectara algo, pero yo no veía nada. Para mí era una cosa que hubiera pateado si hubiese visto en el piso.

—Mi abuelo se pasaba horas escuchando tangos en la radio...

Explicaba él, y yo me sentí un idiota por no ver nada extraordinario en ese pedazo de plástico. Me concentraba en lograr que la perilla se iluminara y reflejara imágenes del abuelo de papá. Pero nada

Papá me dijo:

—¿Increíble, no?

Lo miré a los ojos. Pensé: ¿no será una de sus bromas? ¿No será como cuando me pregunta si quiero probar cerveza y en cuanto digo que sí él y mamá —y alguna visita— estallan de risa? Pero los ojos de papá estaban vidriosos, suplicantes.

Le seguí la corriente:

—Increíble —repetí.

Sonrió y sacudió la cabeza, orgulloso. Volvió a concentrarse en la perilla. Me sentí una basura, un impostor. Papá empuñó la perilla, como acariciándola, entonces yo pensé: a lo mejor si la toco, puede ser que entonces...

Extendí la mano y papá me la entregó.

Esperé sentir alguna clase de electricidad, de cosquilla. Cerré los ojos, incluso, abriéndome a la nueva experiencia. Pero no pasó nada. Tenía en mi mano la perilla negra y no era capaz de sentir nada. Un poco me asustó: ¿será porque soy muy chico o será porque me falta algo? Abrí los ojos grandotes: ¿Y si me falta algo? ¿Y si todas las personas tienen algo que yo no tengo? Una vez, una maestra nos contó un cuento sobre un chico al que si nadie le decía que era ciego, él nunca se hubiera enterado. Me dio tanto miedo que no pude disimularlo y papá, para colmo, creyó que me había emocionado:

—¿Vos te acordás de mi abuelo? —preguntó.

Yo recuerdo una foto en la que soy bebé y el abuelo de papá me sostiene en brazos. Murió antes de que yo cumpliera los tres: no me acuerdo ni un poco de él, aunque papá siempre cuenta que yo correteaba a su alrededor en el patio y que le sacaba los anteojos para jugar con la cuerdita.

Negué con la cabeza y papá explicó:

—Eras muy chiquito.

Le devolví la perilla.

—Papá.

Sonrió con tristeza y guardó la perilla en un cajoncito:

—¿Qué pasa, enano?

—Nada —me guardé mi secreto, mi incapacidad.


Algunas semanas después, fui de visita a la casa de un compañero nuevo de la escuela. Su mamá nos preparó chocolatada y nos dio de comer vainillas mientras jugábamos al Sega. En eso, pedí ir al baño. La mamá, una mujer linda y de pelo cortito, me acompañó hasta la puerta. Antes de entrar, en el pasillo, vi una radio antigua sobre un mueble de madera. La perilla de la radio era exactamente la misma que papá me había mostrado.

—¿Todo bien? —preguntó la mamá de mi amigo.

—Sí —dije, y entré al baño.

Frente al espejo del botiquín, elaboré mi plan. Sí, era un plan perfecto: frío, calculado, científico.

Salí del baño sin hacer ruido. Escuché que la mamá de mi amigo lavaba algo en la cocina y que mi amigo insultaba a Sonic frente al televisor, así que tomé la radio con una mano y con la otra quité la perilla. Plic, salió enseguida. La metí en mi bolsillo y volví a la sala para tomar el control dos del Sega.


Ya en mi casa, la segunda etapa del plan resultó muy fácil: fui al garaje, saqué la perilla del cajón y la cambié por la que llevaba en el bolsillo.

La perilla original, la del abuelo, la escondí en mi cajón de medias.

Esa noche de viernes casi no pude dormir; fantaseaba con los posibles resultados de mi experimento.

Sábado por la mañana.

Apenas escuché que papá se levantaba fui a buscarlo.

—¿Qué vas a hacer, papá?

—Voy a cortar el pasto del jardín, enano.

—¿Podés mostrarme la perilla de la radio del abuelo?

Me miró sorprendido y aflojó media sonrisa.

—¿Por qué?

—Quiero verla. —Encogí los hombros.

Caminamos juntos hasta el garaje.

Papá entró, abrió el cajón y la sacó. Me la quiso dar sin detenerse a contemplarla, entonces le aclaré:

—Primero mirala vos, papá.

Extrañado, intrigado, lo hizo. Miró la perilla.

—¿Es la perilla de la radio de tu abuelo, papi?

Asintió, mirándola con los ojos iluminados por las supuestas proyecciones que veía. Después quiso entregármela diciendo:

—Cuando el abuelo escuchaba tangos...

Di media vuelta y me fui.





 
 
 

Comentarios


  • Instagram
  • Twitter

©2021 por Leandro Buscaglia. Creada con Wix.com

bottom of page